Y así fue que, al hacer reír a
Elvira, vio a la persona más bella que haya visto. Con una sola broma liviana
pudo ver esa dulzura complementada con el perfecto color de labios que tanto le
había gustado antes de salir de casa.
Se devolvieron por la calle
principal de la ciudad. De pronto divisaron un hombre que perseguía un auto con
el vidrio abajo, parecía pedirle dinero, tenía ropajes muy a mal traer. Eugenio
se preguntaba, ¿tendrá miedo mi madre que lo mira tanto? Para Eugenio, el miedo
era un tema importante, temía de algunas cosas, sobre todo cuando caminaba por
la calle, miradas, movimientos, personajes, etc. Se encontraba más miedoso que
antes, cuando hacia deportes, de hecho un día, en aquellos tiempos, volvía de
una fiesta por una calle oscura y un par de sujetos lo interceptaron pero él no
tuvo miedo por lo cual los asaltantes, ante su tranquilidad, decidieron dejarlo.
Pero Eugenio una vez si tuvo miedo, un día, por darle el gusto a su ex-novia,
se devolvió en micro desde su casa. Todas las veces que se devolvía por aquella
calle iluminada nunca le había pasado nada, pero esta vez volvió en micro. Subió
con confianza y se sentó, al rato subió un tipo de camiseta blanca apretada con
peinado de militar, parecía que venía solo. Eugenio tenía a su lado izquierdo un
asiento libre, se paró y dejó que se sentara a su izquierda. De pronto este
sujeto tocándose sus bolsillos como buscando algo alertó la atención de Eugenio,
Eugenio miró, con desconfianza, pero este sujeto lo miró de vuelta y le dijo:
que te pasa (con evidente enojo) Eugenio esperó su paradero mientras el hombre
alardeaba que iba con una persona cargada de un arma y le decía: acá mátelo, a
este hombre mátelo, se refería a Eugenio, con el tiempo Eugenio pensaba: podría
haberle dado un codazo en la cara y haber salido corriendo. Son las típicas situaciones
críticas que la mente soluciona no estando en el lugar: todo se hace más fácil
estando en momentos de lucidez. Eugenio, con miedo, salió apresuradamente de
aquella micro traicionera y miró hacia atrás a ver si venía su nuevo enemigo. Afortunadamente no
venía. Desde ese momento decidió devolverse de la casa de su, entonces, polola
a pie. A pie nada le pasaría, si tuviese que defenderse, no tendría la
limitante de ir sentado alrededor de mucha gente, o bien, tenía la posibilidad
de salir corriendo.
Eugenio tenía una amiga en la
universidad, Teresa, con la cual conversaban mucho, de cualquier tema. Un día Teresa le dijo “no hay que
tenerle miedo a nada Eugenio, no le temas a nada” mientras comían postre. Eugenio
venia pensando en eso justamente en los días previos, su encuentro con Dios le
había devuelto la valentía que necesitaba, él se la pedía.
Eugenio y Elvira caminaban y
conversaban mientras la lluvia parecía penetrar cada cabida de su ropaje. Él se
preguntaba por qué se le habría de mojar un solo brazo si iba con paraguas,
entonces decidió hacer uso de su cortaviento contra el agua y guardó el
paraguas.
En la calle, en pleno paseo y al
son de la lluvia, había un hombre semidesnudo con la piel roja y una herida en
su brazo. Eugenio se conmovió mucho y al mismo tiempo se preguntaba qué sería
lo que padecía este hombre, quiso ayudarlo, pero no tenía ninguna moneda para
darle y pensaba que cómo era posible justo ponerse a pedir monedas cuando
llueve y semidesnudo, ¿no será una táctica para ganar dinero de manera fácil?,
cualquier persona podría maquillarse una enfermedad de este tipo (era una
enfermedad a la piel, claramente) y ponerse a pedir monedas en el paseo.
Con una sola llamada él entendió
que su madre quería entrar a aquella tienda, él era consciente de esa capacidad
de intuición que tenía, seguramente se la había heredado a su padre, el que a
veces daba por entendido las cosas antes de terminar de explicárselas. Buscaban
Jeans para su madre. Él sabía que no iba a ser fácil encontrar algo que le satisficiera.
Eugenio ya tenía paciencia para salir con ella, pero solo cuando se lo proponía
y se anticipaba a aquello, no así cuando acompañar a su madre se le presentaba
como algo inmediato. Ya sabía que tendría que esperar a su madre un tiempo
relativamente importante dado la cantidad de jeans con la que entró ella al
probador (sin incluir el par de jeans que le traía la vendedora). Se preguntaba
cómo iba a ser posible entrar y poder estar dentro del camarín con más ropajes
de lo permitido, mientras acomodaba su cortaviento empapado y los dos paraguas
que traían. De pronto se dio cuenta que dónde estaba apoyado, estaba estorbando
la muestra de ropa que había en los colgadores. Sintió un poco de vergüenza y
se apoyó en el muro muy cómodamente pensando: “no hay mal que por bien no
venga”.
Pensaba: de modo que al
disponerse a esperar mucho la espera resultó más abordable.
Pasaron los minutos, su madre
salía del probador con su elección del jeans lista. Él, al moverse para
proceder a irse, hizo un movimiento brusco con el que pasó a llevar todas sus
pertenencias y un poco de ropa que había colgada en los mostradores: todo al
suelo. ¿Dios me estará dando paciencia a través de esta tragedia? Reflexionaba
en su interior.
Era hora de hacer la fila. Fila
en la que, en primera posición, había una
señora que demoró un tiempo considerable en coordinar su operación de pago
digital; no se sabía su clave. Elvira le prestó sus lentes para que pudiera ver
la clave de su tarjeta de débito anotada en una libreta pequeña. El primer
intento fue fallido, al segundo intento pudo hacer el procedimiento de manera
correcta con ayuda de la vendedora. Eugenio se fijaba en la expresión facial de
su madre, era inusualmente seria. Él pensaba: quizás fue porque me puse duro
cuando ella me hizo un comentario sobre su ex-novia (el tema de su ex-novia lo
descomponía, incluso lo había hablado con su psicólogo, cada vez que alguien le
hablaba de ella experimentaba sentimientos casi de odio) Eugenio raras veces la
había visto así, era una mirada seria, él no sabía cómo interpretarla.
Finalmente llegó el momento de pagar, todo perdía importancia sólo la operación
era lo importante: la jugada.
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